Ayuda por favor {y gracias}

Las mujeres somos seres especiales, muy especiales. No solo por todo lo que podemos hacer y representamos, sino también por nuestra capacidad de quejarnos, y quejarnos, y quejarnos y no hacer nada al respecto. Es como si nos hubieran mandado a esta vida con la única misión de resolverlo todo, hacerlo todo, pero eso sí con la condición de no pedir ayuda.

Y es verdad, el quejarnos es opcional y es una decisión individual, no todas vivimos quejándonos, pero lo que si tenemos en común es la incapacidad de pedir ayuda. Y lo digo no porque lo vea en otras, lo digo porque lo veo en mí. Yo soy la primera que me niego a pedir o recibir ayuda, y no es que me lo proponga, ni lo tenga como regla en mi vida, es algo más fuerte que yo, como un mandato, una orden, una codificación con la que vine de fábrica y que se prende automáticamente {e irónicamente} cuando más ayuda necesito.

Se convierte entonces en una guerra interna, pues el hecho de haber identificado esta tendencia a no querer pedir o recibir ayuda me ha hecho darme cuenta de mi condición, justo, en el momento exacto, cuando más ayuda necesito, pero que sin querer y sin saber no la estoy pidiendo o no la estoy aceptando.

Y el ejemplo es claro y sencillo, imagínense una mañana común y corriente en mi casa, donde mi hijo menor quiere que lo cargue y que haga todo con él cargado {22 libras de puro amor}: pelar un kiwi para Max, poner el pan en el horno, organizar loncheras, arreglar la mesa para el desayuno e ir organizando en el camino la cocina y la casa. Normalmente estamos solos mi esposo y yo y no hay otra opción, pero en esta ocasión tenemos a alguien quedándose en la casa y dispuesto a ayudarnos. El problema empieza cuando esta persona pregunta {con mucho amor y buenas intenciones} qué puede hacer, que necesitamos, como nos ayuda. A mí, sin pensarlo y sin hacer nada, se me prenden las alarmas internas y se me dispara el programa de “yo lo puedo hacer todo, lo tengo todo bajo control, no necesito ayuda”, y sigo con una sola mano libre y con Enzo en la otra, haciendo malabares para que no se me quede el huevo en el camino, no se me quemen los panes y no se me caiga un plato al piso.

Es como que si dejar que me ayuden fuera “aceptar” que no puedo con tantas tareas que tengo, o si significara que soy mala mujer, mala mamá o mala esposa, o como si fuera una competencia {sin lógica y ridícula por ahí derecho}. Y de a poquitos he podido identificar que este ejemplo de las mañanas en mi casa aplica también en el trabajo, en la relación con mi esposo, mis amigas, en mis necesidades como mujer {y ser humano} y en todas aquellas áreas donde siempre hay espacio para mejorar, crecer, aprender y soltar.

Y me he sorprendido cuando veo que no soy la única que sufre de este mal. Lo he visto también en mujeres con problemas personales de muchos años y que no han podido resolver, pero que se niegan a pedir ayuda y siguen buscando la solución solas, haciendo más largo y complicado el proceso; mujeres que están pasando por situaciones difíciles pero que no ven como una posibilidad pedir ayuda, no porque no lo consideren importante, sino porque están actuando desde ese programa de querer hacerlo todo solas. Y seguro que podemos hacerlo todo, o casi todo, pero ¿a qué precio? Creo firmemente que como mujeres tendemos a querer demostrar, de manera inconsciente, lo valiosas y capaces que somos {y claro que lo somos} y nos perdemos en ese ciclo de donde, al final, las únicas afectadas realmente somos nosotras, terminamos cansadas {física y mentalmente}, agotadas y casi siempre sentadas y apropiadas del papel de víctimas {al que nos metemos solitas}.

Culturalmente tenemos la idea de que pedir ayuda es ser débiles, ser incapaces de hacer algo. Nos han enseñado que ayudar nos hace grandes, valiosos, útiles, pero que necesitar o pedir ayuda no tanto. Aceptar que necesito ayuda y pedirla, o simplemente aceptarla cuando ni yo me he dado cuenta que es demasiado para mi sola, ha sido un proceso donde lo primero que he tenido que dejar a un lado es el delirio de mujer maravilla o súper poderosa. He visto como dejarme ayudar no es solo algo que yo recibo, disfruto y agradezco, sino que la persona que quiere y tiene la posibilidad de ayudar también termina sientiéndose bien y agradeciendo la oportunidad de hacer algo por uno {sin abusar tampoco, todo en su justa medida}.

Acepto entonces, de una vez, que no puedo con todo, que lo que piensen de mí no es problema mío y decido recibir toda la ayuda que me ofrezcan, pero también pedirla cuando lo necesito. Decido aceptar la ayuda de mi cuñada cuando viene de visita, de mi suegra cuando quiere organizar el closet de los niños y de mi mamá cuando ve que necesito tiempo para mí y para mi esposo; pedir ayuda cuando veo que tengo más trabajo del que puedo entregar, cuando puedo beneficiarme de la experiencia y el conocimiento de otros, cuando necesito desconectarme, cuando estoy a punto de explotar y necesito simplemente acostarme y cerrar los ojos. Entiendo que esto no me hace débil, ni menos capaz, y que es una transacción donde las dos partes salimos beneficiadas.

Comments 12

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      El sentimiento es mutuo, queremos tenerte más acá {no solo para que nos ayudes}! Gracias por ese corazón tan grande, por tanta dedicación, amor, ayuda y tiempo que das a todos los que te rodean! :*

  1. Lo qué pasa es que nos criamos con el chip de que siempre podemos ser multitasking. Así que no te sientas mal en pedir ayuda, a veces no las necesitamos a veces solo queremos descansar!

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  2. Créeme que entiendo perfectamente todo lo que dices, y yo tmb pensaba como tú, es más, recién hasta hace poco que he empezado a “pedir ayuda” cuando necesito, porque siento que ya no puedo más. Jejeje
    Sobretodo con mi esposo, aunque tmb le digo que es su responsabilidad 😉 jejeje es que al principio me creía “mamá pulpo”, ahora a veces si quiero un descansito!!!

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      Siiii, además en el tema de los esposos no es una ayuda, al final es su responsabilidad también {hijos, casa, etc} pero es nosotras debemos dejarlos participar y no apagarles la intención de hacer su parte! Un abrazo Cindy!

  3. Me identifico tanto con este post! Y eso, que no soy mamá. La verdad no me imaginaria todo este multitasking más un niño. Te admiro mucho y me uno al movimiento de pedir ayuda cuando lo necesitemos. Un abrazo 🙂

  4. Pedir ayuda es algo muy dificil para nosotras mujeres, generalmente cuando somos madres por primera vez. Pero tenemos que saber que es necesario. Yo aprendí eso a la mala. Luego del embarazo de mi primera hija caí en una depresión severa por la que casi pierdo mi hogar. El desnivel de hormonas, la falta de sueño y tanta responsabilidad se juntaron a un punto en el que no pude más. Yo quería ser la “Super mama” y nunca pedí ayuda en nada. Quería hacer las cosas a mi manera y no agarrar consejo de nadie. Gracias a Dios las cosas mejoraron y hoy tengo mi hermosa familia y mi segundo hijo ya. Es importante que nos dejemos ayudar, que no seamos tan rudas con nosotras mismas. Me encantó el post. Gracias por compartir y confirmar que a todas nos pasa. 🙂

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      A veces nos toca aprender a las malas, me alegra mucho que pudieras soltar ese rol de súper mamá y enfocarte en lo realmente importante, no es fácil. Yo pasé algo similar con mi segundo hijo y he aprendido de a poco a soltar el control. Un abrazo!

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  5. Queremos hacerlo todo nosotras ….Porque creemos en más y si creemos en más podemos hacer más. …Somos mujeres aunque pedir ayuda no nos quita lo Buenas que somos haciendo miles de cosas a la misma vez ja ja. Besos amore❤😂💪

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