De la vez que no pude quedarme quieta

De la vez que no pude quedarme quieta

Y llega el día en que todo hace sentido, en que se responden los por qué y para qué, en que cada circunstancia encaja perfectamente, como pieza de rompecabezas, y sientes la tranquilidad y plenitud que tanto anhelaste, soñaste y esperaste, ¿No? ¿No era así? ¿Lo entendí mal? Bueno, mientras ese día llega, que estoy segura que sí llega, yo sigo viviendo cada circunstancia como mejor puedo. Ya hice la limpieza de toda la casa con sage, me lo pase por encima y por debajo, barrí de adentro para afuera, cargue mis cristales e intensifique mis horas de escritura, lectura y meditación, y hasta consulte con los ángeles. Esto último puedo decir que fue lo que marcó el inicio de esta nueva circunstancia en la que vengo parqueada hace ratico ya. Normalmente estas sesiones, que a mi me encantan, vienen llenas de información y mensajes acordes a lo que esté viviendo, pensando o sintiendo. Pero esta última vez su respuesta fue, en muy muy pocas palabras: quedate quieta. Yo me quede quieta esperando el resto de los mensajes que, para mi sorpresa, no llegaron. ¿Así no más? ¿Quieta? ¿Aquí sentada, este mes, en el gimnasio, o en qué? Quieta a secas.

Así las cosas, con este espíritu rebelde, me empezó a dar una movederita que me permitía todo menos lo aconsejado. Seguro ni me movía con sentido, ni como era, ni para dónde era, porque entre la pelea de mi cabeza que me exigía quietud y mi cuerpo que no se acomodaba en ninguna parte, al alma no le quedaba más que voltear los ojos y dejarme hacer lo que mejor pudiera, que definitivamente no incluía ni quedarme quieta, ni seguir cocinando. Mi relación con la sal cambio sin yo enterarme, pero gracias a mi esposo me di cuenta que llevaba varias semanas seguidas echándole sal de más a cada plato que cocinaba. La prueba de que estaba salada no podía ser más contundente, clara y directa, yo solo pude sentarme y reírme hasta las lágrimas, que últimamente aparecen antes de yo poder hacer algo al respecto.

Pero si hubo un momento donde sentí que toque fondo, que pensé que no podía haber vida después de, ni identidad que sobreviviera, fue el día que con mi dignidad un poco aporreada, el corazón partido y las lágrimas a flor de piel, decidí cambiar de número de celular: vida nueva, número nuevo, fue el consuelo. No sabía las consecuencias de tan osada decisión, no solo era perder el número que me había identificado hace más de 13 años, ni perder contacto con personas con las que hablo ocasionalmente, ni mucho menos tener que hacer magia para poder ingresar a las cuentas que usaban mi celular como medio para autenticar mi identidad. Lo peor de todo esto fue haberme quedado sin los stickers que con mucha disciplina había ido cuidadosamente coleccionando de chat en chat y que habían pasado a ser parte de mi forma de comunicarme, además de haberme quedado por fuera de los grupos de Whatsapp donde yo era la administradora, que para mi sorpresa eran más de uno.

Pero seguro sobrevivo a tan suntuosa tragedia, no la de quedarme quieta, ni la de la sal, ni mucho menos la del celular, sino la de la circunstancia en la que vengo parqueada. Saldré con la frente en alto, las rodillas raspadas, más lágrimas de las políticamente correctas y uno que otro grupo abandonado a su suerte, pero seguro con el por qué y el para qué muy claros.

*Es verdad, tengo nuevo número de celular, no es que no quiera responderle, ni este en détox tecnológico, ni nada por el estilo.

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