De maestros y otros demonios

“Lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro…”. Poderoso, ¿no? En los últimos meses he podido evidenciar el significado de estas palabras en diferentes ámbitos de mi vida. Aplica tanto en el mundo corporativo, como en temas de Coaching y en la vida diaria. Cada que tenemos conversaciones sobre otros, sobre situaciones ajenas a nosotros, sobre reacciones, decisiones y vidas que no son las nuestras, evidenciamos un poquito {a veces mucho} quiénes somos, de dónde venimos y cómo entendemos el mundo. Y si bien la intención es dar a conocer nuestra versión de la otra persona o de la situación, cada palabra que decimos es un reflejo de lo que nosotros somos, de lo que pensamos, de las creencias {y carencias} que tenemos y de los prejuicios con los que vivimos. Estas conversaciones tienen un tono de superioridad y de juicio: vemos limitaciones en los otros, identificamos sus problemas, los percibimos imperfectos, incompletos, y sentimos la necesidad de “corregirlos”, de enseñarles y de aconsejarlos, o en su defecto de comentarlo con un tercero para poner en evidencia lo que yo creo.

Estamos en la era de los expertos: de salud, de espiritualidad, de vida, de marketing, de alimentación, de belleza, de cocina, de fotografía, de ventas. Estamos también en la era de los excesos, de los extremos, de la división. Estos expertos se quieren hacer pasar por maestros, pero en su tono de voz se siente la altivez, en su mirada se ve el rechazo y en su actitud se reconoce la ignorancia. Hablamos con palabras muy lindas, compartimos momentos de nuestras vidas en fotos y videos, publicamos muchas frases bonitas; comemos mucho de esto o poquito de aquello; vamos mucho al gimnasio, a la playa, a lugares sagrados; meditamos las veces que sea necesario, prendemos velas, leemos, escribimos, rezamos {y empatamos}. Pero estamos cada vez más llenos de opiniones y de expectativas de cómo debería ser la vida, como debería comportarse el otro, como deberíamos comer, como deberíamos relacionarnos y que deberíamos hacer {de acuerdo a estos expertos}. Y me atrevería a decir que estamos más llenos de teorías y más pobres de experiencias {y entendimiento}. Más llenos de juicios que de empatía, compasión y respeto.

No son raras entonces las conversaciones donde le arreglamos la vida a los demás, donde damos consejos no pedidos, donde declaramos lo que deberían, o no, hacer {o ser} los demás, donde dejamos en evidencia nuestra “superioridad” frente al otro y donde, a la misma vez, mostramos lo que realmente somos. El lenguaje es poderoso, crea o destruye, y nos traiciona sin darnos cuenta. Ver carencias en los demás, solo nos muestra las carencias propias, pero es más fácil {y conveniente} verlo en otros que en nosotros mismos. Así es como vamos por la vida opinando mucho, mirando de reojo y comentando pasito lo que hacen o no hacen los demás, criticando {constructivamente seguro} la falta de consciencia del otro, la falta de entendimiento y evolución, sin terminar de entender que somos nosotros los que estamos actuando desde ese lugar.

Pero la conversación es diferente cuando hablamos desde un lugar de humildad, de experiencia y convicción: porque entendimos algo, porque algo ha cambiado en nuestra vida, no solo afuera, sino adentro, no solo conmigo sino también en mi relación con los otros; porque ahora vivo al cien por ciento, entendiendo que no hay que decir nada, ni dar consejos, ni opiniones, ni mucho menos emitir juicios sobre los demás, sus vidas y sus decisiones. Vives tu verdad, hablas sin expectativas, te enfocas en ti, y respetas {genuinamente} los procesos de los otros.

¡Ahhhhh como me gustan esas personas! Son aquellas que no ven problemas en nada ni en nadie, que inhalan y exhalan paz, que no están hablando desde los “debería” {ni de nadie}, que te miran a los ojos, que no se creen ni más ni menos, que simplemente son. Esas personas tienen un imán, te enseñan sin necesidad de hablar. Generalmente hablan poco, escuchan mucho y son generosas con su tiempo, su sabiduría y su ser. Son responsables de sí mismas, de nadie más. Para ellas todo es perfecto, lo bueno y lo malo, entienden que cada uno decide sobre su vida, que todos estamos en procesos y momentos diferentes y eso está bien. Son esas personas que ves en la calle y son felices, son coherentes con lo que dicen, hacen y piensan, no saben que es el drama, pero tienen muy claro lo que es el amor {propio y hacia los demás}. Esas son las personas a las que yo llamo maestros, de las que quiero aprender y a las que admiro profundamente.

“Cambiemos nuestras conversaciones y cambiaremos nuestras vidas”

Humberto Maturana

Comments 13

  1. Primera vez que te leo y me encantó ! Totalmente de acuerdo. El problema es la escasez de estas personas, especialmente (lastimosamente ) En esta sociedad de pueblo chico-infierno grande.

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  2. Tienes una facilidad divina de expresarte. Me encantan tia escritos. Ojala te den pronto la oportunidad de colaborar con algunas revistas 🙂

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  3. Con esta maravillosa lectura se me viene a mi mente y corazón una de las frases que mi madre me decía: “quiéreme cuando menos me lo merezca, por que será cuando más lo necesite”… que fácil es amar y aceptar al que uno siente que hace todo o piensa como uno, pero que difícil es amar, aceptar, entender y no señalar aquel que piensa, siente y actúa diferente a mi!. Gracias y felicitaciones!!!!

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