Del verbo ser

Del verbo ser

No me había levantado porque nunca me acosté. Pero parecía que el sol había traído una realidad diferente. Como cuando estás sentado frente al televisor viendo una novela y puedes ver lo sobreactuada que está, puedes reírte de la caricaturización que hacen de los personajes, de la vida y de los problemas. Así me había levantado. Así veía la vida. Para el trabajo me puse el vestido que usaba los fines de semana para ir a la playa, el pelo me lo dejé mojado y los pies descalzos.

Podría haber desayunado una cebolla a mordiscos, si no hubiera sido porque estaba hablando por teléfono sin parar. Sin respirar. No sé cuántas horas pasé así, sin respirar, sin dormir, sin comer y sin parar de pensar. Fue ese fin de semana que salí decidida a entender quién era y que era eso que me mantenía inquieta, que me oprimía y que no entendía. La respuesta me la quedaron debiendo, o me la quedé debiendo yo. Porque como toda respuesta de este tipo se hace esperar, cuestionar e interiorizar. Son escurridizas a la mente, polémicas y cada quien tiene su versión, qué, sin sustento, defiende más que a su vida misma.

Y así como empezó terminó, en una cama, otra cama, con una realidad diferente y el mismo desazón con el que todo inicio. Y hoy, a la pregunta quién soy, solo puedo responder que nada y todo a la vez. Sin explicaciones e ignorando al ego que pelea por salir con su chorrero de babas a enumerar cada una de las cosas que creo ser, tener y dominar. Y cuándo dejé de pensar encontré ese lugar que siempre ha estado ahí, en silencio, en constante calma y paz. Dónde no hay exigencias ni expectativas. Dónde no hay nada que hacer sino solo ser. Ahí debe residir la verdad, la que todos queremos y creemos tener, la que algunos buscamos erróneamente con la mente y la que tanto debatimos, y que de lo simple que es dejamos de ver.

 

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