Halloween reloaded

Halloween volvió a ser una fecha especial después de convertirme en mamá. Entre mis 10 y mis 30 años el 31 de octubre era una fecha sin mucha emoción y planeación. Nada que ver con cuando era una niña y soñaba desde meses antes con mi disfraz, las fiestas y, claro, los dulces. Como mamá, son otras cosas las que me quitan el sueño, pero puedo ver en los ojos de mi hijo mayor la misma felicidad que seguramente reflejaban los míos alrededor de esa fecha tan esperada.

En mi época, hace unos añitos ya, los disfraces implicaban semanas y hasta meses de trabajo, no se conseguían en cada esquina y los accesorios y efectos especiales eran cuidadosamente elaborados para que el resultado final fuera espectacular. Si el disfraz era de princesa o de dama antigua {muy de moda por esos días} el accesorio principal era la enagua, nada de faldas chorriadas, y no podía tampoco faltar la sombrilla bordada. Las mamás se aseguraban de tener los zapatos listos y limpios, las aretas, collares, cartera y de definir el peinado y el maquillaje con tiempo para que ese día no hubiera mucho caos.

Cuando llegaba el día de disfrazarse era todo un acontecimiento, no faltaba la tía en la casa, o la amiga de la mamá para asesorar el proceso, la cámara para la sesión de fotos y el secador para el pelo. El maquillaje y el peinado tenían que quedar perfectos, cada detalle en su lugar, la media velada puesta, los zapatos brillantes y toda la actitud para salir a pedir dulces. Yo no dormía pensando en la llegada al colegio, era una mezcla de felicidad y susto por no ir a dar la talla con el disfraz. Todas llegábamos como reinas, hermosas, y terminábamos el día con el pelo suelto, el maquillaje corrido y el vestido manchado, en algunos casos, como el mío, hasta roto de tanto correr y jugar.

Y aunque se usaban también los disfraces de princesas no eran las únicas que se veían en las fiestas, además de las damas antiguas, también había gitanas, Fresitas, Rainbow Brite, cariñositos, payasos, ratonas, mujeres árabes y hasta chinas, había para todos los gustos. Cuando ya nos creíamos grandes los disfraces eran más improvisados, pero no menos elaborados, nos vestíamos de bruja, de bebé, de mujer {con tacones y vestidos de la mamá} y de la infaltable punkera, la idea era vernos diferentes, no perdernos ninguna fiesta y comer dulces hasta el cansancio.

Los disfraces de antes eran propios de concurso, elaborados, decorados e incómodos, los de hoy son diseñados especialmente para la ocasión: fáciles de poner y de quitar, perfectos para correr y jugar, con los accesorios justos y necesarios para representar al personaje en cuestión, y lo mejor fáciles de encontrar y a veces hasta a buen precio. Pero aunque sea todo tan conveniente, siempre hace la diferencia la mano de la mamá, en el maquillaje, el peinado o en algún accesorio clave.

Yo me quede con las ganas de disfrazarme de dama antigua y me quedaré con las ganas de disfrazar con todas las de la ley a alguien, pues con mis dos hijos los disfraces son más sencillos, fáciles y sin tanto accesorio. Lo que sigue vigente es la emoción y la felicidad que implica convertirse en otro personaje por un rato, cambiar la visión del mundo, crear escenarios nuevos para jugar y salir a la calle a cantar, tocar puertas y pedir dulces.

¿De qué se acuerdan ustedes?

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