La trampa de ser uno mismo

A veces nos perdemos en el camino, y no es que este mal, pero hacer una calibrada de vez en cuando no le hace daño a nadie, conectarnos de nuevo con ese ser que está en constante evolución nos centra y nos muestra el camino. Mucho más en estos días donde el ego se nos crece por like, por comentario y por visitas. Y es ahí donde nos perdemos, nos enredamos y nos desenfocamos. Lo digo yo que soy maestra en eso. Sí, en eso de desenfocarme y perderme.

Y es que, ¿qué sería de la vida si no nos perdemos? ¿Si no cambiamos de opinión? ¿Si no nos cuestionamos y soltamos aquello que ya no nos sirve? O nunca nos sirvió. Se me vienen a la cabeza ese par de jeans que pueden durar años en el closet, pero que solo cumplen con el objetivo de recoger polvo y ocupar espacio. Pues así. Que de tanta basura que hemos ido recogiendo y aprendiendo desde niños dejamos poco lugar por no decir ninguno para aprender cosas nuevas, para salirnos del molde, para cambiar, innovar, conocernos de verdad, para ser y dejar de ser. Mucho menos para desaprender. Que sería algo así como deshacernos de esos jeans viejos y empolvados, para comprarnos unos más modernos, más lindos, y que además sean más cómodos y nos queden mejor.

No soy muy fan de las frases de cajón, no porque no resuene con su mensaje, porque para idealista, cliché y sensible yo, sino por lo comunes que se vuelven. Una que ya han visto que me ronda y me ronda es eso de ser uno mismo, tan de moda por estos días, tan repetida, trillada y hasta mal interpretada. Pero quién más vamos a ser si no quienes somos, ¿no?

Pero es que cada frase tiene su trampa. Y como todo en la vida, cada quien las entiende y las interpreta a su manera. Ese “ser como uno es” a veces suena a cárcel, a cotidianidad, a rutina, a comodidad, a justificación, a resignación. Esa es la palabra, la última que escribí. Como diría google: Aceptación con paciencia y conformidad de una adversidad o de cualquier estado o situación perjudicial. Lo de adversidad y perjudicial digamos que no se percibe primera vista. Y claro, puede ser mi interpretación. Pero sigamos con esa, con la mía. Con la que he visto en algunas personas, con la que no creo que sea la ideal y en la que más de uno se plantó desde hace mucho tiempo, como un árbol.

Y es que decir que “ser como uno es” es el deber ser, puede alejarnos de lo que tanto anhelamos. De la libertad. La felicidad. La paz. La tranquilidad. Todos esos ideales que a veces parecen de película, o de novela. Lo primero que diría es que no podemos tomarnos cada palabra tan literal. Que no sigamos tragando entero. Que a veces lo sencillo es más complicado de lo que pensamos y que la frase invita más al cambio que al estancamiento, al dejar de ser lo que no se es y a ser lo que se quiere ser. A estar cómodos en nuestra piel, a conocer, aceptar y dar a conocer nuestra voz; esa que hemos ido construyendo, que nos hace sentir identificados, que nos hace vibrar, nos hace sentir bien y que no tiene que ser igual a la de nadie.

Lo segundo es que en el ser {que somos} hay créditos que dar: a muchas personas, a muchas lágrimas, a muchas caídas y levantadas, a muchos maestros, libros, películas y hasta personajes que se encuentra uno en cada esquina de este planeta. Yo soy un pedacito de cada párrafo que me leo, de cada persona que me inspira, de cada teoría que me mueve el piso, de cada trabajo que he hecho, de cada metida de patas, de cada conversación, de cada relación, de cada palabra, pensamiento, creencia y sentimiento que me habitan.

Soy eso y mucho más. Pero eso no me define. Sigo conociéndome, descubriéndome e inventándome. Hoy soy así y mañana espero, quiero y anhelo, ser diferente. Quiero meterme a ese closet botar todo lo viejo, lo que ya me queda chiquito, lo que ya no uso, lo que ya no me gusta. Lo que ya no me identifica, lo que me limita, lo que me detiene, lo que me estanca. Quiero abrir espacio para lo nuevo, para aprender y desaprender, para cambiar de opinión una y otra vez; para dejar esa bendita adicción a tener la razón, a querer entender y saber; para hacer las paces con el cambio, mirar a la cara a el miedo y darle la espalda a las expectativas; y para seguir desenfocándome, perdiéndome y volviéndome a centrar las veces que sean necesarias.

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