Igualdad de género Maria Alejandra Ramirez

Más respeto y menos delirios de inferioridad y grandeza

Como mujeres tenemos muchas peleas que dar y que ganar. Entre ellas está la igualdad de género, que con el tiempo se ha tergiversado y a veces se entiende como una lucha por ser iguales a los hombres. Primer error. No somos hombres y no necesitamos ser como los hombres. Nuestro poder radica en ser mujeres, en entender nuestras fortalezas y sacar provecho de nuestros talentos. Hagamos las paces con el género, primero con el femenino y después con el masculino, para poder hablar y generar igualdad. Lo cierto es que sí necesitamos iguales oportunidades, no más pero tampoco menos, las mismas que tienen los hombres, sin adiciones, sin condiciones, ni limitaciones.

Cada nueva generación es una oportunidad de mejorar la sociedad y la forma como queremos que evolucione el mundo. Como mamás tenemos la responsabilidad de educar mujeres y hombres, que no compitan entre sí, que entiendan, valoren y exploten sus diferencias. Que dejen de perpetuar falsas creencias y se liberen de los estereotipos de género que impone la sociedad. Enseñarles a oír su corazón, su intuición, a cultivar valores como el respeto, la compasión y la humildad. Como mamás debemos aprender a dejarlos ser, sin imponerles nuestras frustraciones y apoyándolos en sus decisiones, no se trata de lo que “deberían” ser o hacer sino de lo que en realidad son.

Con el tiempo los roles han cambiado, hemos logrado salirnos del papel de mujeres abnegadas que viven por y para el marido y sus hijos. No es que esté mal, a la que le funcione bien, pero es bueno saber que tenemos otras posibilidades en el ámbito personal y laboral. Tampoco deberíamos irnos al extremo de prohibirles el color rosa a las niñas, disfrazarlas de Thor {a menos que ellas por voluntad propia quieran} y volverlas unas enemigas de los hombres. Fomentemos el deporte, la creatividad y las aventuras en las niñas así como lo hacemos en los niños. Que sean mujeres que acepten su lado femenino y que entiendan que este no las limita a un estilo de vida, ni a ciertas profesiones o hobbies; que como mujeres pueden ser y hacer lo que quieran pues su género no debería ser un impedimento. Que no tienen que renunciar a su esencia para lograr sus sueños. Eduquemos mujeres que entiendan su valor, que tengan confianza en sí mismas, que no se dejen intimidar fácilmente, que luchen por sus intereses y que no se conformen con cualquier cosa. Que sepan que la lucha no es afuera sino adentro, que no gana el más fuerte físicamente sino el más fuerte mental y emocionalmente.

Un hombre no es más hombre porque le hable duro a la mujer, la golpee, la ignore y la menosprecie. Tampoco debería cuestionarse su hombría si cocina, cuida niños, va al mercado, lava ropa y arregla la casa. Dejemos que los niños lloren si quieren llorar, que jueguen con muñecas o cocinas, que hablen de sus emociones y den abrazos y besos. Pero asegurémonos de que entiendan que cuando una mujer dice no es no, que su forma de vestir no tiene mensajes subliminales, que su valor no radica en la forma de su cuerpo sino en su capacidad de dar amor y vida a todo lo que toca. Que no son débiles ni especiales, que son, igual que ellos, seres humanos con derechos y deberes, y que ellos no son ni más fuertes ni más capaces. Que su fortaleza radica en la capacidad de proveer seguridad y confianza, en la forma de tratar a las personas, en ayudar a quien lo necesite y en disfrutar las cosas pequeñas de la vida. Que ser buenas personas no los hace bobos, los hace valiosos.

No necesitamos más mujeres con mentalidad de victimas ni hombres creyéndose héroes, dejemos los sentimientos de inferioridad y los delirios de grandeza. Empoderemos tanto a hombres como mujeres, no sigamos reforzando conductas que separan, ni alimentando la segregación con odio ni ideas extremistas. Busquemos ser parte de la solución, no mirando y juzgando afuera sino haciendo cambios en nuestra forma de vivir, relacionarnos y de educar a nuevas generaciones.

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