Momentos duros de ser mamá y la clase de natación

Siempre pensé que mi hijo y yo dominábamos el tema de la separación. Cero ansiedad. Cero show. Pura independencia y felicidad. Pero con el paso del tiempo me di cuenta que no. Estábamos los dos igual de jodidos, igual de enamorados y apegados. Creía también, equivocadamente, que a él le encantaban las experiencias nuevas, y que eso de llantos inconsolables y eternos no nos iba a pasar a nosotros. Después llegaron las clases de natación y nos mostraron lo equivocados que estábamos.

Fue el primer día de guardería cuando creí que teníamos el problema de la separación solucionado. El día que para muchas mamás es el menos esperado, para mí era un logro más. Menos mal para él también. Ese primer día, nos despedimos con un beso y un hasta ahorita. Hubo lágrimas, abrazos y miradas matadoras, pero no duro más de una semana. Él estaba feliz con sus profesoras y amigos y yo estaba tranquila, enfocada en lo mío y feliz de saber que él estaba aprendiendo cosas nuevas y explorando el mundo por su cuenta.

La primera señal de que nada era como yo creía, fue cuando me empezaron a dar más duro los viajes de trabajo. Al principio eran deliciosos, unos días para dormir tranquila, leer en las noches, despertarme a una hora decente y arreglarme sin afán. Lo veía por Facetime pero él ni se daba por enterado de lo que estaba pasando. Cuando ya cumplió un año y empezamos a jugar, a hablar en un idioma especial, a dar besos, a caminar, correr y fortalecer la rutina, ahí sentí lo duro que era dejar la casa para irme a un país desconocido, en un avión incómodo, a dormir en una cama fría y esperar con ansias loca el día de mi regreso.

Un año antes de ser mamá estuve hablando con una amiga que me decía lo duro que era dejar a su hija por irse de viaje con su esposo. Yo no entendía lo que decía, y como toda ignorante es atrevida, le decía que eran solo unos días, que era necesario y que la niña iba a estar bien. Sí, esa es la teoría y lo que nos decimos unas a otras para consolarnos. Pero cuando me tocó a mí dejar a mi chiquito de 2 años por irme de paseo con mi esposo dos semanas, me di cuenta de lo que me había querido decir mi amiga en su momento. No era solo que lo extrañara, era como que mi cuerpo me pedía verlo, abrazarlo, oírlo, olerlo y darle besos. Necesitaba que me narraran con detalles cada minuto de su día, que me mandaran videos, fotos y que no faltaran las llamadas por Facetime, que obviamente faltaron casi todos los días por temas de cambios de hora y conectividad.

La segunda vez que sentí lo equivocada que estaba fue cuando empezamos las clases de natación. Ese día entendí el sentimiento de dejar a tu hijo en un lugar o situación donde no esta cómodo. Su llanto me partía el corazón y quería sacarlo de esa piscina y salir corriendo, así se quedará sin saber nadar y llegará a los 15 con flotadores en los brazos. El sentimiento de mala mamá me quedaba chiquito, mi esposo y yo nos mirábamos con ojos de reproche, de culpa y de dolor infinito. No le valían promesas de helados, de chocolatinas, de parque, el lloraba y gritaba como si lo estuvieran matando. Pasaron más de tres semanas y la frase más común del niño era “clase no, piscina no”.

Nada castiga más la lengua que ser mamá. Por eso cada vez me inclino más a responder vagamente cuando me preguntan por sus gustos, preferencias y hasta forma de ser. ¿Come bien? A veces sí, a veces no. ¿Le gusta la sopa? Depende del día. ¿Le gustan los chocolates? Acá si puedo decir que sí con mucha seguridad, nunca lo ha pensado dos veces para comer chocolate.

 

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