Mujeres: perdidas entre tantos roles y tantas reglas

Mujeres: perdidas entre tantos roles y tantas reglas

Las mujeres llegamos a este mundo con un manual de comportamiento y de convivencia. Es como si todo estuviera ya escrito y no estuviera en nuestras manos cambiar ese manual y escribir uno nuevo. Hasta hace poco nuestro campo de acción era limitado, hoy podemos desarrollarnos en otros ámbitos fuera de la casa, pero seguimos igual guiándonos por los “deberíamos”, por lo que “significa” ser mujer y por todas las pendejadas con las que crecimos como que las niñas hablan y se visten así, o que ese es un deporte de niños, o que las mujeres no hacen esto, ni aquello, ni mucho menos lo otro, así que eso de la liberación femenina sigue en juego.

De acuerdo a este manual uno de los roles que las mujeres deben desempeñar es el de ser mamás {pues eso de que somos dueñas de nuestro cuerpo no es del todo cierto}. Como cualquier papel que ejerzamos, este viene lleno de reglas, de limitaciones, de juicios y de expectativas. Ser mamá es una experiencia que {se considera} te tiene que cambiar la vida, tiene que ponerte a ver corazones, tiene que cambiar tus prioridades, tiene que cambiar tu forma de vivir y ver el mundo; en otras palabras dejas de ser lo que eras para convertirte en mamá, como si ese hecho significara una división en tu ser, como si ahora te definieran tus hijos y tu nuevo título. Qué además ya está establecido que debe ser hermoso y feliz. Punto.

Pues no, la realidad es que sí son muy hermosos, muy tiernos, provoca comérselos a besos, pero también hay momentos que nos son tan hermosos, ni tan felices. Y aunque cada niño es único, cada género viene con sus pros y sus contras y cada familia hace lo mejor que puede con lo que tiene, hay cosas que no son propias solo de los hijos de otros: pataletas, gritos, llamar a la mamá hasta el cansancio, poner a prueba la paciencia de todos en la casa y llevar la contraria en los momentos en que uno menos paciencia tiene {y cuándo de lo que menos se acuerda es de cómo carajos poner límites manteniendo la cordura}. Así que no me digan que ser mamá es todo felicidad, amor y paz, porque no es verdad.

Yo amo a mis hijos, claro, me encanta ser mamá, amo ser mamá, pero también tengo días que no quiero ser mamá, que no quiero tener que ser responsable de nadie, que quiero enfermarme como cualquier ser humano {con descanso obligatorio y sopita en la cama}, que no quiero levantarme, que quiero solo ver películas y leer y comer pizza y empezar de nuevo {especialmente los domingos}. Y me gustaría saber que lo puedo hacer sin remordimientos, sin tener que sacar excusas, sin sentirme culpable, sin que tenga que ser un día “especial” y con la tranquilidad de que mis hijos van a estar bien cuidados {gracias a las abuelas por su existencia y amor incondicional por los nietos y los papás}.

Pero, volviendo al tema, esa necesidad de normalizar, uniformar y poner bonito todo lo que vivimos, hace que nos creemos expectativas, que nos cuestionemos cada cosa, que no nos queramos salir de lo establecido, que nos sintamos culpables, criticadas y juzgadas con cada decisión que tomamos. Si sos mamá te critican, si no sos mamá también, si trabajas mal, si te quedas en la casa peor, si no sos casada son una solterona, si sos casada te estas perdiendo la vida, si tienes carácter porque sos brava, si disfrutas la calma es porque sos perezosa, y así la lista sigue, cambiando el papel, el momento de la vida, lo bueno por malo o lo malo por bueno, pero siempre dejando nuestro punto de vista bien parado y el del resto en dudosa reputación.

La peor parte es que somos las mismas mujeres las que nos enterramos el cuchillo, cual puñalada trapera, sin entender que estamos perjudicándonos a nosotras mismas, que cada que hablamos de otras mujeres estamos bajando los estándares, estamos fortaleciendo la diferencia entre géneros, nos estamos negando oportunidades de crecer, nos estamos dando la espalda y asumimos que lo que le pasa a las otras no me pasa a mí ¡Falso!

Y aunque este es un artículo con dos ideas mezcladas y pegadas en el camino, con un inicio y un desarrollo diferentes, voy a ignorar las reglas y cerrar a mi manera, así que termino afirmando que las peores enemigas que tenemos las mujeres somos las mismas mujeres; que continuar sustentando y dandole vida a ideas impuestas por quien sabe quién, hace quien sabe cuántos años, no nos está ayudando a superar nuestras taras y construir nuestras vidas como queremos. Aceptemos que cada una es dueña de su vida y ella verá si quiere ser mamá, si quiere estar gorda, si quiere vestirse a la última moda, si quiere operarse o si quiere irse de monja, no tenemos que pensar igual, pero si respetarnos y si podemos ayudarnos mejor; no es nuestro deber juzgar el “cómo” pero sí podemos facilitar el “qué” apoyándonos, acompañándonos y haciéndonos el camino más fácil no solo en el rol de mamá, sino también de ejecutiva, empresaria, esposa, amiga y el que sea que decidamos vivir. Seguro que si cambiamos la conversación y las acciones vamos a ser mucho más exitosas. Todas.

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